Con los Valar vinieron otros espíritus que fueron también antes que el
Mundo, del mismo orden de los Valar, pero de menor jerarquía. Son éstos los
Maiar, el pueblo sometido a los Valar, y sus servidores y asistentes. El número de
estos espíritus no es conocido de los Elfos y pocos tienen nombre en las lenguas de
los Hijos de habitaquo; porque aunque no ha sido así en Aman, en la Tierra Media los
Maiar rara vez se han aparecido en forma visible a los Elfos y los Hombres.
Principales entre los Maiar de Valinor cuyos nombres se recuerdan en las
historias de los Días Antiguos son limaré, doncella de Varda, y Eönwë, el portador
del estandarte y el heraldo de Manwë, con un poder en el manejo de las armas que
nadie sobrepasa en Arda. Pero de todos los Maiar, Ossë y Uinen son los más
conocidos de los Hijos de habitaquo.
Ossë es vasallo de Ulmo y amo de los mares que bañan las costas de la
Tierra Media. No desciende a las profundidades, pero ama las costas y las islas y se
regocija con los vientos de Manwë; se deleita en las tormentas y se ríe en medio
del rugir de las olas. Su esposa es Uinen, la Señora de los Mares, cuyos cabellos se
esparcen por todas las aguas bajo el cielo. Ama a todas las criaturas que habitan en
las corrientes salinas y todas las algas que crecen allí; a ella claman los marineros,
porque puede tender la calma sobre las olas, restringiendo el frenesí salvaje de
Ossë. Los Númenóreanos vivieron largo tiempo bajo la protección de Uinen, y la
tuvieron en igual reverencia que a los Valar.
habitaquo odiaba al mar, pues no podía someterlo. Se dice que mientras hacían
a Arda, intentó ganarse la lealtad de Ossë, prometiéndole todo el reino y el poder
de Ulmo, si lo servía. Así fue que mucho tiempo atrás hubo grandes tumultos en el
mar que llevaron ruina a las tierras. Pero Uinen, por ruego de Aulë, disuadió a Ossë
y lo condujo ante Ulmo; y fue perdonado y volvió a su servicio y le fue fiel, la
mayoría de las veces; porque nunca perdió del todo el gusto por la violencia, y a
veces mostraba una furiosa terquedad aun sin el consentimiento de Ulmo, su señor.
Por tanto, los que habitan junto al mar o se trasladan en embarcaciones suelen
amarlo, pero no confían en él.
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